domingo, 6 de julio de 2014

En esta guerra equivocarse juntos no es equivocarse.

En este plano de la revolución entramos en el tiempo de la inestabilidad permanente. Lo inestable será lo estable de ahora en adelante. Debemos aprender a vivirlo en conjunto, como clase, ya que individualmente nadie lo va a soportar. Tenemos que prepararnos, no podemos ir a ninguna batalla solos. Los dueños no permitirán que tranquilamente dejemos de ser sus esclavos, por eso la gran tarea de este tiempo es pensarnos los pobres de otra manera.

La guerra que hoy nos imponen los ricos se acabará cuando dejemos de ser sus soldados. 

Los pobres somos una clase que no se ha pensado nunca y estamos obligados a comunicarnos como clase, desde los intereses históricos que nos corresponde asumir. A juntarnos, a ser iguales como clase, porque es juntos como asumiremos la desagradable pero necesaria tarea de desarmar la guerra: principio y fin de la cultura capitalista. Y hay que aprender a vivir en ese marco, porque no hay otra manera de plantearse el problema en este momento. Ocultarnos la verdad no tiene ningún sentido porque se nos vuelve peligroso.

Las grandes mayorías tenemos que saber que estamos en medio de una guerra que nos impusieron los dueños del planeta, ellos lo saben, nosotros debemos saberlo, porque el antiguo dicho se vuelve de moda: guerra avisada no mata soldado y en este caso todos los pobres del planeta somos los soldados.
El objetivo de esta guerra es que los dueños del planeta necesitan exterminar a las tres cuartas partes de la población para poder mantenerse en el poder, su único objetivo. Y de ahora en adelante viviremos en el marco de esa guerra y vamos a tener que estudiarla diariamente, a cada segundo: ¿cómo prepararnos? ¿Cómo desenvolvernos? ¿Cómo construirnos? ¿Cómo comunicarnos dentro de eso? No hablamos de informarnos sino de comunicarnos, lo cual pasa por organización, trabajo, cómo vivir, cómo creamos los conceptos que nos permitan comprender y asumir este momento histórico. Y tenemos que comunicarnos como gente en el callejón, en la calle, en la escalera, sí tenemos que comunicarnos, debemos reafirmarlo, para que se masifique la idea de desarmar la guerra, es la tarea que nos toca en este momento, cuerpo a cuerpo en la calle, la conversa con todos, el debate entre todos, el periódico para todos, la pancarta juntos, el arte compartido y creado por nosotros.

Tenemos que buscar el lenguaje de la intracultura, la canción campesina, la canción del pescador, el sonido del callejón, esa es la intracultura que tenemos que hacer que florezca en este momento, porque no podemos desbaratar esta guerra con las voces del enemigo, con el canto del enemigo, con la visión y la aspiración del enemigo, con la gestualidad del enemigo, con la forma del enemigo; estamos obligados a fortalecernos con los cantos que vienen de la lejana carencia y que nos han permitido deshacernos de tanto látigo, de tanta humillación, de tanta lágrima, de tanta amargura. Dispongámonos  a crear la otra palabra, la otra cultura, con la alegría, con la invención que nos ha permitido sobrevivir a la tragedia que nos impone, con esta guerra, la cultura capitalista.

La pregunta no es ¿cuánto perdemos como individuos? sino ¿cuánto ganamos como colectivo en esta revolución?

Siempre hablamos con el lenguaje de la guerra

Intentemos hablar, porque hay como una tendencia a no saber lo que estamos obligados a balancear siempre que hacemos algo. Hay una vaina con la que nos jodió arrechamente la cultura del capitalismo: es que nos negamos permanentemente. Ese no existir, ese no nombrarnos nosotros, es lo que hace que no valoremos el trabajo, la acción, el poema que estamos elaborando en medio de la revolución. Hacemos algo, celebramos y al otro día nos dividimos como si eso no se hubiese hecho. Nunca lo analizamos como experiencia favorable.

Desde el 89 hasta hoy, como pueblo y gobierno, hemos realizado muchísimas cosas, pero más ha podido la desmemoria y la propaganda de la cultura capitalista que la realidad. Y es esa desmemoria junto a la propaganda de la cultura capitalista lo que nos impide comprender, por ejemplo, que nunca más, aunque tumbaran al gobierno, los escuálidos podrán gobernar esta patria, por el simple hecho del cambio en la percepción de la realidad que hoy tenemos como pueblo. 

Hagamos el intento cotidiano de la valoración, nosotros estamos obligados, somos protagonistas como pueblo. ¡Es un hecho histórico el del 89, no es cualquier cosa! Estamos quebrando quince mil años de poder en la historia. Le estamos metiendo la uña hasta el fondo a la cultura capitalista. Por primera vez en este planeta los pobres nos reunimos a pensar, no a ser presas de un ejército, no a ser carne de cañón. Eso tiene una valoración impresionante y no lo estamos entendiendo. Pero si eso no lo valoramos nos devolvemos a la invisibilidad de la esclavitud en que hemos vivido, a leer su historia, sus libros, a ver sus imágenes, sus poemas y sus canciones y al final seguir siendo carne de cañón y tinta con la que terminan escribiendo su historia.

Hay que hacer un esfuerzo para que cuando discutamos, construyamos y fortalezcamos la memoria que jamás hemos tenido como pueblo. Cuando se dice: la historia del pueblo venezolano es generales que mandan a matar gente, europeos adueñándose de mares, de ríos y de vainas, gringos llevándose el petróleo, los otros robándose el coltán, el uranio, los otros trayendo tecnología y deteriorando la tierra, eso es lo que está de fondo cuando hablan de nuestra historia y nosotros nos tragamos el cuento de que es verdad, que esa es nuestra historia. Esa es la historia de los dueños y su mina, no de un pueblo y un país ¡No! Historia es la que hagamos y controlemos, la que decidamos. 

Los pobres no controlamos misiles.
¿Cuándo se detiene esta guerra? ¿Cómo se detiene? Por ejemplo, en esta guerra en la que estamos ahorita ¿estamos nosotros imponiendo esta guerra? ¡No! Nos están imponiendo esta guerra y como siempre lo están haciendo desde Europa, porque incluso hasta EEUU pasó a un segundo plano. Son los dueños del planeta los que nos están imponiendo esta guerra.

Ya sabemos que son las transnacionales las que nos están imponiendo esta guerra, independientemente del país de donde la dirigen o creemos que dirigen. Es el sistema que está imponiendo una guerra más. Ahora ¿cómo participar en el marco de esa guerra que no sea como carne de cañón? Pues si tenemos conocimientos de que nos están imponiendo una  guerra, debemos planificar cómo participar. Porque ahí sí sería nuestra decisión. Ahí es donde tenemos que definir qué hacemos. Sin morder el peine de los dueños para obligarnos a combatir en su guerra.

Muchos de los que nos llamamos revolucionarios no nos damos cuenta cuánto servicio le hemos prestado de gratis a los dueños del planeta por nuestro miedo disfrazado de “valentía” y “radicalidad” revolucionaria, afortunadamente sin ningún soldado que nos siga; sin entender lo irresponsable que podemos ser cuando escribimos, por nuestro desespero, por querer acabar rápido con la situación, pero sin intentar crear nada en ese marco, sin reunirnos con nadie, pretendiendo ser los comandantes internet, exigiéndole al gobierno que haga la tarea que nos corresponde, cuando el gobierno está empeñado responsablemente en la suya.

Pero cuántos nos hemos preguntado ¿por qué no conocemos la historia? por ejemplo, que millones y millones de obreros y campesinos de este planeta hemos servido de carne de cañón de todas las guerras y todas han sido guerras sustentadas ideológicamente en la justicia, todas guerras dirigidas por personas muy buenas y altruistas, personas de altos ideales y de intereses superiores, en nombre de la humanidad, siempre supuestamente para favorecernos. Nosotros no nos hemos preguntado eso. 

Nunca nos damos cuenta que después de cada guerra los dueños acumulan más riquezas. Todos sabemos que cuando los pobres vamos a la guerra arrasamos con todo, pero no preguntamos ¿quién hace la escopeta con la que disparamos? ¿Quién hace la bomba? ¿El avión? ¿De quién es el misil? ¿Quiénes son realmente los dueños de la guerra?

Claro que provoca salir a disparar, porque el miedo no es fácil soportarlo, el miedo hace que matemos y nos maten, el miedo hace que generemos odio y nos convirtamos en valientes, huyendo hacia el enemigo y eso lo saben los dueños de la guerra, que a fin de cuenta son los dueños del planeta.

Nos toca pensar. La rabia, el odio no nos sirven, el odio y la rabia nos convierten en carne de cañón, porque así como disparamos nos dispararán. Eso es muerto para allá y muerto para acá, indistintamente del bando, siempre los pobres seremos los muertos. Porque nosotros con una ametralladora no le daremos al que está dirigiendo la guerra desde sus mansiones, los pobres no controlamos misiles.

La disyuntiva de nosotros como clase es pensarnos o nos siguen matando y usando como esclavos.

Estamos obligados a decidir en este momento histórico. O seguimos siendo esclavos o eliminamos las condiciones que nos producen como tales.
 Equivocarse juntos no es equivocarse

Crear una opción en el ámbito de la guerra que pueda desarmarla, una opción política que esté por encima de la política tradicional, la del palabrerío demagógico por un lado y la confrontación de choque por otro. Una opción política distinta a esto es lo que nos está proponiendo la actual situación revolucionaria, porque en las acciones del gobierno no se está hablando de pacifismo, de que no se está combatiendo, ni de que no vamos a combatir, ¡no! El gobierno nos está diciendo que hay que aprender a combatir de manera distinta para no seguir siendo carne de cañón. ¿Por qué nos dice eso? Porque la guerra, por guerra misma, dentro de su antigüedad siempre será nueva, dijeron los estudiosos de la guerra desde siempre, desde Sun Tzu para acá. Y por tal nueva, tenemos que comprenderla y entenderla. Sí, las guerras siempre tendrán ejército, matarán gente, sí, eso es verdad, pero esta guerra tiene algo distinto y es que una parte de los combatientes tenemos la necesidad histórica de desaparecer como clase, de dejar de ser esclavos y debemos hacerlo desde el conocimiento: somos los pobres sabiendo que con nuestra desaparición desaparecerá la cultura capitalista que nos convierte en dueños y esclavos en medio de una férrea dictadura mundial.

¿Qué debemos potenciar en este momento? Estamos obligados a potenciar esas claves que está produciendo esta Revolución en el planeta. Eso es lo que estamos obligados a potenciar y eso es lo que estamos obligados a estudiar, a investigar, a experimentar, a decirnos como clase. ¿Que continuarán las bajas desde la clase? ¡Por supuesto! ¿Que habrá mercenarios y carros bombas? ¿Y va a seguir habiendo atentados y van a volar puentes? ¿Francotiradores? ¡Sí! todo eso habrá y debemos aprender a desarmar todas esas situaciones en la medida en que estemos alertas. Estudiemos las situaciones, busquemos organizarnos creativamente desde el trabajo, juntos y elaboremos métodos colectivos para diluir las causas y no conformarnos.

Hay que combatir en el marco de cada situación, no en el marco tradicional y nos dice la realidad que es desarmando la guerra que ella se gana para nosotros. No para ellos. Para ellos la guerra la ganan cuando gastan municiones, uniformes, cuando gastan fusiles, cañones, misiles.

Cuando ponen a funcionar su maquinaria productiva, cuando nos asesinan como mercancía de desecho. Ahí ganan ellos la guerra. Porque a ellos no les interesa quién pierde, porque igual los muertos somos pobres de bando y bando, no les importa quiénes mueran en esa guerra, ni cuántos, les sabe a mierda cuántos pobres engrosamos las estadísticas fatídicas, porque siempre hemos sido un número para el capitalismo, bien sea como mercancía productiva en la fábrica, como soldados, como mercancía en desuso o como daño colateral.
Siempre seremos una estadística para la cultura capitalista. Porque los pobres vamos a estar en aquel y en este bando. Ellos siempre ganarán la guerra. ¿Cómo nosotros vamos a ganar la guerra? Cuando la desarmemos, cuando aprendamos a desarmar la guerra. Chávez lo entendió desde un principio y fortaleció esto para nosotros poder pensarnos.

Seamos uno con el directorio revolucionario, no podemos equivocarnos. Equivocarse juntos no es equivocarse.

La guerra nuestra de cada día

La guerra,  la guerra. Para ella las plazas y las avenidas, para ella los mares y los ríos, las montañas, valles y sabanas, para ella la gente, los demás animales, minerales y árboles, para ella las bibliotecas y los museos, para ella los alimentos y el conocimiento. No hay nada en la organización de la cultura capitalista que no esté atravesado por la guerra, que no sea y pertenezca a la guerra, sus religiones, su aparato escolar, su maquinaria de salud, su arte, su deporte, su comida, todo absolutamente todo es una derivación de la guerra, es un servicio de la guerra.

Veamos el lenguaje: competir, combatir, atacar, disciplinar, formar, ordenar, avanzar, enfrentar, superar, tomar, someter, invadir, alinear y muchísimas otras expresiones son usadas en todos los haceres cotidianos de la cultura capitalista, sin que nos preocupemos en cuestionarlos. Tal vez, si nos preocupáramos un poco en un ejercicio, agregaríamos muchos otros vocablos y comprenderíamos mejor de lo que hablamos.
Observemos las construcciones, la arquitectura de la guerra: urbanizaciones, escuelas, cuarteles, manicomios, cárceles, cementerios, todas imitaciones de las fábricas, que no es otra cosa que la organización de la guerra en la cultura capitalista. También lo conseguimos en el transporte, en la siembra masiva o monocultivo, en la pesca industrial, en todo está la guerra.

Y donde la guerra es nuestra arepa de cada día es en la fábrica, el perfecto cuartel en donde diariamente los dueños rescatan el botín llamado plusvalía. Donde millones de mujeres y hombres, esclavos soldados, somos exprimidos, heridos y dados de baja cotidianamente. Las fábricas son las mayores productoras de muertos que jamás guerra tradicional alguna haya producido, ni siquiera las dieciochomil cruentas guerras en la historia de la tragedia ha producido la cantidad de muertos, heridos, discapacitados y dados de baja como lo ha hecho la fábrica.

La fábrica justificada por el humanismo es la perfecta maquinaria de guerra que los trabajadores tenemos, como decisión política en medio de una revolución, que abandonar, para pensar otra cultura donde ella no sea posible. No temamos conversar o pensar, seamos radicales en el pensamiento y audaces en la acción.

La cultura de la guerra no puede ser más la manera de vivir. Vamos juntos a diluir el odio.

Y para eso debemos comprender el odio, diluir el odio hasta que él pueda desaparecer en la discusión, en la acción, en la generación de otra cultura, no en el discurso contrapuesto de guerrero pacífico. Algunos piensan que eso de diluir el odio es mágico. Pero más mágico es pensar que en el marco de la guerra los pobres podamos ganar. Hay otros que piensan que diluir el odio es poner la otra mejilla y no comprenden que de lo que se trata es de otra manera de combatir, en donde la creación, la inventiva de todo un pueblo debe ser puesta en práctica: ya no es la lucha dirigida por representantes sino la participación protagónica de nosotros para desmontar la cultura del capitalismo y eso requiere un esfuerzo intelectual que no puede asumirse individualmente sino colectivamente, porque las claves de esta revolución están en el hacer colectivo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario